El verano, ¡qué bella y calurosa época!, ideal para ejercitarse sin camiseta en la playa o en el parque; pero no es eso lo que ocurre, precisamente.
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Las playas y los parques, que antes fueron centros de ocio donde iban agradables familias a pasar el día con los niños cocinando en la barbacoa, ahora son epicentros de las más deleznables actividades que se pueden observar por las noches en Occidente: el botellón.
Y es que se me hace añicos la esperanza de una España mejor cuando voy paseando tranquilamente por la urbe y veo a mano derecha un grupo de cerca de una treintena de jóvenes (que una vez representaron el futuro de las generaciones españolas), borrachos y drogados, pululando de noche por la ciudad al son de su música degenerada y con el alcohólico afán de destrozar todo mobiliario público (y privado) que encuentren. ¡Imaginemos formados, fuertes y valientes a esos jóvenes que hoy no representan más que el consumismo, liberalismo e idiotismo!
Y si esta degeneración y autodestrucción que sufre nuestra España no fuese suficiente para alarmarse y armase de voluntad para acabar con esta plaga, también hay que nombrar el daño ecológico que origina esta aberrante actividad. Estos engendros, estos subhumanos, dejan toda su basura tirada por el suelo; acompañada de orina, preservativos y cualquier otra cosa que se les ocurra a esta peste humana.
¿Qué clase de civismo muestran estos jóvenes?, ¿cuán productivos son para la sociedad a cualquiera de los niveles? Sólo les son útiles a los mercados, no a la sociedad; y por ello debemos librarnos de la infructuosa carga que representan, sea como sea. Deberíamos asegurar el renacimiento del culto al cuerpo y a la salud, y no podemos hacerlo si hay un mundo paralelo a nuestro ideal en nuestra propia localidad.


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