En nuestro sistema educativo, además de premiarse la mediocridad y promoverse una falsa justicia por medio de normas estúpidas, se ve potenciado un comportamiento específico: el del estudiante superviviente.
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Soy de esa clase de personas a las que les gusta observar y reflexionar sobre lo que ven, y esto me ha llevado a darme cuenta de muchas cosas. Una de ellas es que en las aulas andaluzas hay un comportamiento tipo en la inmensa mayoría de alumnos, y es el del estudiante superviviente. Esta actitud es la propia de quienes no ven a sus compañeros como un refuerzo en sus estudios, sino como un enemigo, como alguien contra quien competir. No es necesario que me explaye mucho para ver las consecuencias de esto; sólo hay que mirar las puntuaciones españolas en los estudios internacionales.
¿Cómo debería ser la educación entonces? Las aulas deberían estar divididas en tres partes; por individuo, por grupo y por aula. La primera división correspondería a la actitud individual del alumno en clase y en el centro, y se valoraría su trabajo individual y su comportamiento. La segunda división sería en grupos; los alumnos serían agrupados según la voluntad del profesor en grupos de, aproximadamente, cinco o seis personas, y se valorarían los resultados grupales (no el trabajo, dado que éste sería individual). La tercera división sería entre aulas; según el resultado de las cuales se premiaría a la mejor puntuada con, por ejemplo, más oportunidades para realizar actividades extraescolares.
Este sistema potenciaría dos aspectos muy importantes para el desarrollo laboral de los alumnos: el concepto grupal menor y el grupal mayor. El concepto grupal menor es la relación individuo-grupo, y el grupal mayor es la relación grupo-aula. De este modo, para que el alumno saque altas notas tiene que aprender a trabajar en grupo, y para que la clase destaque todos los grupos deben trabajar lo mejor que puedan, apoyándose unos en otros.